miércoles, 25 de junio de 2014

El blues del pescador

El empleado alzó la vista del papel. Una sonrisa de tiburón le observaba afable, con afabilidad de tiburón, al otro lado de la mesa.

Era una pequeña y aséptica sala de reuniones, con paredes de cristal esmerilado y una mesa redonda para cuatro personas, de esas que se encuentran en la sección de mobiliario de oficina del catalogo anual de Ikea, presidida por un teléfono en el que una pequeña luz amarilla parpadeaba con inútil ahínco. El sol perezoso de la tarde se colaba por los ventanales fijos, destacando el fondo blanco de los dos folios, iguales pero enfrentados, que reposaban delante de cada una de las dos personas sentadas en la mesa, igualmente enfrentadas.

Aunque ya los habían leído y repasado de sobra durante la hora que llevaban de reunión, el empleado volvió a revisar su copia del documento. En la esquina superior izquierda el logotipo de la empresa destacaba en azul. “Balance anual de Empleado”, se leía en el centro con tipografía estándar y justo debajo, en letras algo más pequeñas, aparecía su nombre.

–Bien –dijo la sonrisa de tiburón--, he de decirte que estamos tremendamente satisfechos contigo. No solo has cumplido todas nuestras expectativas, si no que las has sobrepasado con creces. Quiero que seas consciente de que esperamos que seas uno de nuestros pilares básicos durante los próximos años.

La sonrisa de tiburón se ensanchó aun más. Cualquiera que no hubiera estado allí antes, cualquiera que no conociera los dientes afilados tras esa sonrisa, lo tomaría por un hombre simpático. O al menos todo lo simpático que puede ser un hombre con traje, corbata y maletín. Pero el empleado lo conocía bien. Llevaba mucho tiempo nadando en las aguas empresariales y había visto esa sonrisa mutar en dentelladas las suficientes veces como para aprender a desconfiar de ella. Y, con el tiempo, también había aprendido a identificar la oscuridad en el fondo de sus pupilas. La misma oscuridad vacía que tenían los ojos de cualquier tiburón, que no siente compasión ni pena por la presa que devora, porque es su naturaleza de depredador. Porque solo hace su trabajo. Igual que la persona que tenía en frente solo hacía su trabajo cada vez que firmaba el despido de algún padre de familia.

A pesar de todo, el empleado siguió el juego, y puso también su mejor sonrisa de pececillo alegre por ser amigo del tiburón.

—Gracias. Estoy encantando de un balance tan positivo y de que tengáis tan buen concepto de mí –dijo sinceramente—. Y espero seguir así muchos años más —mintió—. ¡Aunque espero que tanta satisfacción tenga su reflejo en la nómina a final de mes! —añadió con una franca sonrisa.

Podría ser un pececillo, pero también tenía dientes, y necesitaba comer. Y no pensaba dejar escapar su parte de la presa.

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El sol calentaba la hierba verde de la colina. No hacía tanto calor como en la maldita sala de reuniones con sus cristales “efecto lupa”, pero aun así se aflojó la corbata, se dio dos vueltas a cada puño de la camisa, y dejó que la brisa que peinaba la hierba le acariciara también los brazos.

Tras unos cuantos pasos más, llego al pino piñonero que, solitario, como un faro en medio del campo, dominaba la loma, y se sentó bajo él utilizando una roca plana como banqueta. Debido a la sombra del árbol, la hierba raleaba en ese punto. Apenas a 200 metros, justo al pie de la pequeña colina, se alzaba la mole de hormigón y cristal de la que había salido hacía apenas unos minutos, tras su pequeña danza de escualos con maletín. Y delante de esta, la avenida que cruzaba el parque empresarial dibujaba un río gris que serpenteaba entre las distintas lomas y colinas del entorno, ensanchándose en rotondas con islotes verdes de cuando en cuando, con su ribera salpicada de modernos edificios de cristales espejados, hasta desembocar en una enorme autopista tras un meandro a la izquierda. Detrás de los edificios, y en los huecos que aún no se habían aprovechado para zonas de parking, había pequeños bosques de pinos, zonas de hierba que en primavera verdeaba y en otoño se tornaban ocres, y hasta un pequeño riachuelo con rocas musgosas que apenas se atisbaba entre la frondosidad de los pinos que lo resguardaba.

Aquél paisaje siempre le hacía pensar en que algún concejal de urbanismo había considerado aquella zona demasiado hermosa para estar tan cerca de una gran urbe y que, como un niño que juega con Lego o monta un Belén en navidad, había dejado caer edificios de oficinas aquí y allá para divertirse. O lo que es lo mismo en términos políticos: cobrar su comisión.

Pero por eso estaba ahí, bajo el pino, sentado en su roca. Porque aquél paisaje le hacía pensar. Le daba ideas. Y eso era lo que necesitaba en ese momento: pensar. Solo tenía que quedarse allí y sabía que cualquier pequeña circunstancia en el entorno le daría la pieza que le faltaba en su puzzle de pensamientos. Le haría ver con claridad cualquier cosa que en ese momento le parecía borroso.

Aún ahí sentado, las palabras que el gran tiburón blanco había pronunciado en la reunión resonaban en su cabeza. “Pilar básico”, “tremendamente satisfechos”, “sobrepasado expectativas”, “pilar básico”, “tremendamente satisfechos”, “sobrepasado expectativas”. Una y otra vez. Y también una cifra. Una cantidad de euros. Una cantidad que no esperaba. Eran esas palabras y esa cifra las que le habían llevado allí arriba. Y eran esas palabras y esa cifra las que tenía que traducir desde el idioma de los depredadores al suyo propio.

Su mirada percibió algo moviéndose por uno de los bordes de la avenida, junto a la fila de coches aparcados. Una chica vestida con una llamativa camiseta fucsia corría en dirección ascendente. Aún a lo lejos, y a pesar de que la pendiente no era demasiado pronunciada, se notaba el esfuerzo que le estaba costando subir. Una coleta rubia se balanceaba graciosamente tras su cabeza, marcando el paso. Y pensó en todas las mañanas que había recorrido esa avenida y subido esa ligera pendiente.

Pensó en todas las veces que, aun simplemente andando, recorrer aquella cuesta hasta el edificio de oficinas desde el coche le parecía un trayecto interminable. En como una garra le atenazaba el pecho por las mañanas y tiraba de él en dirección contraria. En cuantas veces el simple hecho de atravesar las puertas le había parecido un triunfo. Y en cuantas veces el volver a casa le había parecido un alivio. Pero bueno, aquello fue al principio, cuando aun no sabía que estaba nadando entre tiburones y le caían dentelladas por todas partes sin saber de dónde venían.

Más tarde se acostumbró. Se dio cuenta de que, aun pareciendo un pececito más, él también sabía morder, aunque no le gustara demasiado. Y de que, sobre todo, sabía nadar y escurrirse entre las mordeduras. Había aprendido a no ser una presa en medio del océano. Se acostumbró hasta el punto de subir aquella cuesta cada día con más alegría, primero pasando desapercibido y luego, poco a poco, subiendo puestos en la pirámide alimenticia, hasta conseguir mirarlos a los ojos sin miedo, hasta llegar a ser uno más. Y había sobrevivido. Se había adaptado.

“Pilar básico”, “tremendamente satisfechos”, “sobrepasado expectativas”. El eco seguía retumbando en su cabeza, con misma cadencia que la coleta de la corredora rubia, y se dio cuenta de lo que esas palabras querían decir. Volvió a pensar en la cifra que le habían ofrecido, y en cómo ésta refrendaba dicho significado.

Le estaban ofreciendo ser un tiburón más de la manada. Pasar a formar parte oficialmente del grupo de depredadores. Estaban admitiendo que se había ganado su sitio entre ellos, entre la élite, y debía decidir si adoptaba para sí mismo la sonrisa afilada y la oscuridad en el fondo de sus ojos, o si prefería seguir siendo un pez más en el mar, a merced de cualquier depredador.

Miró otra vez a la corredora anónima en su batalla contra la corriente de asfalto. Miró al cielo, azul y despejado, y el sol de la tarde le deslumbró. Aún a la sombra, notaba su calor y lo agradecía, porque ahuyentaba de su cuerpo el frío que le daba el aire acondicionado de la oficina. El frío del océano.

Y en ese momento supo lo que quería hacer.

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Sentado de nuevo en su mesa, agitó el ratón y conectó el monitor de su PC hasta que este se iluminó, despertando perezosamente de su descanso. Sin pararse a mirar los 25 correos electrónicos pendientes, arrastró el puntero hasta el botón de “Redactar nuevo” y escribió:

Estimado director de RR.HH.,

Por la presente, le comunico mi dimisión inmediata de mi puesto de trabajo actual y mi renuncia a cualquier otro puesto en esta empresa.

Me he cansado de nadar. No quiero ser un tiburón. No quiero ser una presa. Solo quiero empujar al mar mi barca, echando mis redes al mar cuando necesite algo de él y disfrutando del calor del sol, remando tranquilamente hasta mi destino.

Sinceramente suyo,

Un pescador.

Ya de pie, con la americana en la mano y la corbata en un bolsillo, hizo click en el botón de enviar, se dio la vuelta y se marchó. No esperó a recibir confirmación del envío. No se despidió de nadie. Ni siquiera se acordó de su maletín. Sabía que nunca más le haría falta.

viernes, 16 de mayo de 2014

Y los recuerdos al aire me besan la cara,
solo recuerdo lo bueno, de lo malo nada,
aun queda tiempo pal viento, vaya donde vaya,
y que me lleve volando, a tocar a otra guitarra...


jueves, 30 de enero de 2014

Up

Cansado del peso de la oscuridad, esbozó una sonrisa que ahuyentó al monstruo del miedo: su carcelero en aquel pozo durante tanto tiempo. Y con esa sonrisa por bandera, empezó a trepar hacia la luz.

domingo, 22 de mayo de 2011

Faith...

 ...You're driving me away
You do it everyday
You don't mean it
But it hurts like hell

My brain says I'm receiving pain
A lack of oxygen
From my life support
My iron lung

We're too young to fall asleep
To cynical to speak
We are losing it
Can't you tell?

We scratch our eternal itch
A twentieth century bitch
And we are grateful for
Our iron lung


 
(Enlaces alternativos para el video aquí y aquí en plan "anime")

And if you're frightened
You can be frightened
You can be, it's OK

martes, 13 de julio de 2010

Catolicidad y catolicismo

No me he podido resisitir a hacer un par de cambios a este artículo del tal Pío Moa que vi en el facebook de Elena, para ver si queda igual de reaccionario. Solo he recortado un poquito por allí, y cambiando solo dos o tres palabras por acá... Nada serio, para que no pierda el significado. :-)

Titula un lector Anticatólicos en libertad su artículo de réplica a uno mío. El título suena algo amenazador, supongo que sin intención. ¿Habría que privar de la libertad a quienes odian a los católicos? ¿Habría que cerrar Público por anti-católicos, como pide la iglesia? Me temo que el odio es libre y opinable, mientras no dé lugar a conductas delictivas, y no puede convertirse el mismo en un delito. La sociedad está llena de esas fobias, a la homosexualidad, a España, al comunismo, a la democracia, a la familia, a "los yanquis", a Palestina, a tantas otras. ¿Por qué habría que castigar unas expresiones de odio y otras no? Espero que mi contradictor, cuyos escritos me parecen por lo común admirables, no vaya por esa senda.

[…]

El catolicismo, en relación con la sexualidad normal, es una desgracia, como la cojera, la escasa inteligencia, la miopía etc. etc. Desgracias mayores o menores, nadie deja de padecer una o muchas, pero, por suerte, no son determinantes, salvo casos extremos. La vida humana se define, en gran medida, por el modo como se afrontan y superan las desgracias. Unos católicos superan la suya muy bien, y otros no. Para comprobar lo último basta ver la mala carnavalada de la semana santa, tanto en el espectáculo innoble que dan de sí como en la pretensión de hacer de su defecto una virtud, un motivo de orgullo. Es el mundo de lo grotesco, pero que, además, intenta convertirse en norma social.

Pregunta el lector si en mi trato con católicos "obvio cualquier referencia a esta parte fundamental, espiritual y religiosa" de esos amigos o conocidos. Por supuesto, la obvio. Su religión es asunto suyo y no me interesa más allá del dato general. Por lo mismo, suelo ser muy pudoroso con respecto a mi propia espiritualidad, y me desagradan las personas que exhiben la suya más de la cuenta. Aunque admito que ello es más bien cuestión de carácter.

También, según el lector, resulta "condenable moralmente y sin remisión quien niega a alguien su condición de individuo por una condición general, en este caso una condición religiosa”. En la última frase, así como en su exigencia de comprensión, revela Marco que él también considera el catolicismo una desgracia; lo mismo con su ironía sobre "los agraciados y dichosos ateos", que, como todos sabemos, no son en principio más dichosos ni agraciados que los católicos. Todo el mundo tiene sus problemas, y no hace falta ironizar. Por mi parte, no niego a nadie tal condición de individuo por esto o por lo otro. Siento aversión por los manejos de las mafias eclesiásticas, por su victimismo enfermizo y exagerado, como si sus problemas fueran los más dignos de ser tomados en consideración y, peor aún, por su utilización de ese victimismo como pretexto para imponer a la sociedad su particular y en mi opinión disolvente y liberticida ideología. No por ello dejo de considerarlos personas, de otro modo no me molestaría en decir lo que pienso sobre ellos.

lunes, 8 de marzo de 2010

Tragic

En la vida solo hay dos tragedias. Una es no conseguir lo que deseas; la otra es conseguirlo.
Oscar Wilde

domingo, 20 de diciembre de 2009

Yo Confieso (2ª Edición)

De acuerdo. No puedo ocultarlo más. Lo confieso. Soy heterosexual.

Ya se que suena asqueroso, sobre todo por lo retrógrado, pero es que veo a algunas mujeres y no puedo evitar que me gusten. En cambio, por más que miro a los hombres, no consigo sentir nada. Y eso que tengo buen gusto y me fijo en especímenes de élite, como David Beckham y Brad Pitt. Pero nada, oye. Ni fu, ni fa, ni na de na.

Lo admito, soy un cabrón que va ofendiendo a las mujeres y reduciéndolas a meros objetos con mis miradas furtivas a las minifaldas. Soy muy consciente de que ellas se ponen esos escasos centímetros de tela, esos tops ajustados y dejan parte del tanga visible, exclusivamente para sentirse cómodas, atractivas y seguras de su feminidad y de su imagen. Y también tengo muy claro que no lo hacen para que alguien como yo, un machista asqueroso, las mire con asquerosa lascivia.

Apenas se como consigo mirarme al espejo, sabiendo que soy un sucio falócrata. Pero pónganse en mi lugar, e intenten por un momento ver mi sufrimiento. Ser heterosexual en la sociedad actual es muy duro.

En primer lugar decidí revelar mi condición a mi mejor amiga. Siempre me había sentido muy cómodo con ella porque tenia tantos pelos en las piernas como yo, y casi el mismo bigote, y además fue ella la que me enseñó a jugar al futbol. Pero a la hora de la verdad se ofendió tanto que me tiró todos sus DVD's de Almodovar a la cabeza. Eso me dolió, pero más me dolió su rechazo cuando se negó a oir mis explicaciones y me echó de su casa. Me dolió casi más que el golpe con la estatua de bronce de la osa y el madroño que se compró hace dos semanas como nuevo símbolo de la lucha contra la opresión masculina. Y es que en el fondo me merecía esa fractura de craneo. Acabé en urgencias.

Por otra parte, cuando se enteraron en mi empresa, cortaron de raiz mi ascenso. El jefe me dijo que el otro 50% de la junta directiva se negó a aceptarme porque podría crear "tensión sexual" y "caer en el acoso". Desde luego la culpa es mía. ¿Como se me ocurre pensar en un ascenso sabiendo mi condición de animal desbordado por las hormonas y posible violador?

Y no solo eso, sino que poco después me despidieron, ya que mi frustración junto con mi condición heterosexual me convertían en "una amenaza potencial para mis compañeras". Me lo explicó todo el CEO de la compañía. Un tio muy simpático, que me dejaba sus CDs de George Michael y me contaba sus viajes a San Francisco en vacaciones, pero desde que se enteró de lo mio ya no me trataba igual.

De todos modos no me importa. Habría tenido que dimitir, ya que empezaba a sentirme discriminado. Que me para mi cumpleaños me dejaran en la mesa una vagina en lata con una nota "para que te alivies" tenia cierta gracia. Lo que no tuvo gracia fue que me echaran bromuro en el café sistemáticamente durante dos semanas. Tuve una intoxicación del carajo. Acabé en urgencias.

Curiosamente, mi familia se lo ha tomado bien. Mi padre parece casi aliviado y todo. Claro que él también ha sido siempre bastante heterosexual. Mi madre no le ha dado mayor importancia. Ella afirma que me quiere sea como sea.

Mi hermana en cambio no se lo ha tomado tan bien. Me dijo que no me volvería a presentar a ninguna de sus amigas, porque parece ser que ya no soy nada "cool". Y es que esta chica se lo toma todo a la tremenda. El otro día, por ejemplo, comenté durante el almuerzo que se podría celebrar "El día del orgullo heterosexual" me llamó insensible, idiota, y de todo menos bonito, y me tiró un plato de sopa hirviendo en las piernas. En el fondo la culpa es mía. No se debe hablar de esos temas en la mesa. Lo que pasa es que mi naturaleza bruta me puede a veces. Si es que me lo busco. Por calenturiento me gané unas quemaduras de segundo grado. Y acabé en urgencias.

Pero, aún sufriendo las quemaduras, me parece buena idea eso del desfile del orgullo hetero. Saldríamos todos bien vestidos, bailaríamos por las calles, e intentaríamos ligar con toda chicas que pasara por allí. Y nadie podría decir que somos unos buitres o unos machistas, porque a fin de cuentas, sería nuestro día, nuestro desfile, y tendríamos carta blanca. Beberíamos hasta caer en coma etílico, y acabar en urgencias.

Decía Antonio Gala que salió del armario "porque estaba lleno de maricones". Pero los heterosexuales no tenemos ni siquiera un armario en el que escondernos cuando la cosa se pone fea.

Por suerte, después de una larga travesía por el desierto, entré en una peña futbolística. Y ya no pido celebrar el día del orgullo hetero porque cada domingo lo celebro acudiendo al estadio en manada, con la bandera y la camiseta de mi equipo, a gritar como un simio e insultar al arbitro.

Curiosamente, en la misma grada, diez filas más arriba, hay una peña gay. Un día tiraron una botella al árbitro y me dió en la cabeza. Acabé en urgencias. Pero no me importa. El que quiera entender, que entienda.

P.D: También me acabé echando novia. Es enfermera de urgencias. Ya saben, el roce hace el cariño...